Jimmy López Morillo
Después de su segundo combate contra Joe Frazier, para Muhammad Alí solo existía una meta: recuperar el título mundial de los pesados, algo que solo un púgil había hecho antes, uno al que él había derrotado en tres ocasiones, la última de ellas para retirarlo definitivamente del boxeo: Floyd Patterson.
George Foreman, quien al igual que Alí fue medallista dorado en unos Juegos Olímpicos, los de México en 1968 cuando tenía 19 años, venía de pasarle por encima como una locomotora al mismo Frazier el 22 de enero de 1973 en Kingston, Jamaica, en dos humillantes rounds en los cuales tumbó en seis oportunidades a “Smoking (‘humeante´) Joe”.
La pelea Alí-Foreman surgía entonces como inevitable y hacía tintinear los sentidos de los interesados en montarla, sacando las cuentas de las potenciales ganancias. Apareció en escena un personaje desconocido por aquellos tiempos, pero que luego daría mucho material para escribir su propia historia en el boxeo: Don King, quien hizo a ambos contendores una oferta “que no podrían rechazar” –si se nos permite la analogía con una de las frases más famosas de la película El Padrino, de Francis Ford Coppola, la cual dos años antes había arrasado con la taquilla y los premios Oscar-: cinco millones de los verdes para cada uno.
El escenario escogido fue Kinshasa, en Zaire, país gobernado con mano implacable por el dictador Mobutu Sese Seko. “Rumble in the jungle” (“Retumbar en la jungla”), como fue denominada de manera promocional, se celebró la madrugada del 30 para el 31 de octubre de 1974, siempre ajustándose al horario estelar (“prime time”) para la televisión estadounidense, luego de una suspensión de seis semanas –estaba pautada en principio para septiembre- debido al corte en un ojo sufrido por el monarca. Más de cien mil personas asistieron al combate.
Por su parte, Alí –de 32 años- no perdió tiempo para promocionarse a sí mismo, a la pelea y descalificar de todas las maneras posibles a su joven rival –de 25-, a pesar de que éste ostentaba un temible récord de 40 victorias en igual número de peleas, de las cuales 37 eran por la vía del sueño. Los largos y poderosos brazos de “Big George” parecían estar fusionados con unas mandarrias. Así de potente era su pegada.
“¡Alí, bomayé!”
Durante los días previos a la pelea, tal y como era su costumbre, Alí montaba sus shows con interminables ráfagas de descalificaciones contra su rival. Sus entrenamientos eran seguidos por cientos de personas. Decenas lo acompañaban cuando salía a trotar. Foreman permanecía circunspecto, declarando estrictamente lo necesario.
La pelea comenzó a las cuatro de la mañana del 31 de octubre, aunque desde tempranas horas de la noche del 30 el estadio donde se realizaría el combate, el “20 du Maipara”, estaba repleto.
Foreman era el favorito de los entendidos por su impresionante récord y su juventud, pero Alí gozaba del fervor del público, como era costumbre. Miles de personas coreaban “¡Alí, bomayé!” (“¡Alí, mátalo!”), grito que se hizo todavía más ensordecedor durante los siete minutos que retrasó el campeón defensor su salida de los camerinos. Así seguirían durante toda la reyerta.
Tal y como se esperaba, el campeón salió a atacar desde el primer campanazo, soltando aquellos temibles mazazos capaces de derrumbar un muro de hormigón, pero no a Alí.
El retador, contrario a lo que todo el mundo esperaba de él –que saliera a bailotear, a “volar como una mariposa y picar como una abeja”-, después de los dos primeros asaltos se dedicó a esperarlo recostado contra las cuerdas. Nadie podía creerlo. Aquello parecía un suicidio sobre el cuadrilátero de quien intentaba escribir otro luminoso episodio de la historia boxística. Nadie lo entendía y comenzó a dudarse sobre sus reales posibilidades.
Pero Alí y el viejo zorro Ángelo Dundee tenían bien definida su estrategia: esperar a Foreman, quien movía sus largas extremidades superiores como aspas de molino, descargando contra la humanidad del retador sus poderosos golpes –hasta ese momento imposibles de ser resistidos por ningún ser humano-. Este se recostaba y balanceaba contra las cuerdas, soltando a su vez poderosas combinaciones a la cabeza y cuerpo de su rival, mientras le gritaba:
“¿Esto es todo lo que tienes? ¿Eso es todo lo que sabes hacer?”.
Así pasaron el primero, el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto asalto y, de repente, comenzó a verse el resultado de la estrategia desarrollada por Alí y Dundee: Foreman mostraba visibles señales de cansancio, sus golpes se hacían menos pesados y más lentos. Su vulnerabilidad era patente.
De repente, la que parecía iba a ser una masacre de un joven y sólido monarca sobre su avejentado retador entrando en pleno declive, terminó dando un giro insospechado, impensable: en el octavo asalto, Muhammad Alí descargó una furiosa ráfaga de golpes con la velocidad que nadie podría imaginar sería capaz de conservar a esas alturas. Foreman se tambaleó y luego se fue de bruces, como un planeador en picada. Su pesado cuerpo rebotó sobre la lona.
Su caída fue dramática, mientras un estruendo estallaba en el estadio y mucho más allá. Tal y como lo anunciaba de manera premonitoria el título promocional de la pelea, “Rumble in the jungle”, la jungla estaba retumbando y lo hacía porque el gran Muhammad Alí, contra todos los pronósticos, estaba recuperando el título mundial de los pesados, del cual fue despojado en 1967 al negarse a ir a la guerra de Vietnam. “Big George” pudo levantarse a duras penas, con los ojos perdidos en algún lugar distinto a donde se encontraba y después de haber concluido la fatídica cuenta de diez.
La corona volvía a las sienes de Muhammad Alí y él justificaba el título que por propia cuenta se había dado cuando en 1964 se apoderó por primera vez del cetro, destronando a Sonny Liston: “El Más grande”.
“Cómo Alí los engañó a todos”, encabezó días después su reseña del combate la Revista Sports Ilustrated. Los medios impresos de casi todo el planeta tenían el resultado de la pelea entre sus informaciones de primera página, algunos incluso sin ser deportivos, abrieron con la hazaña de Alí. Fue la noticia mundial del momento.
Libro y película
Entre las miles de personas que estuvieron presentes aquella calurosa madrugada en Zaire, incluyendo cientos de periodistas, hubo una que cuidadosamente iba anotando cada detalle, cada gesto, cada palabra por muy superficial o intrascendente que pudiera parecer.
Se trataba de uno de los padres del Nuevo Periodismo, el escritor Norman Mailer, una de las voces más importantes de las letras estadounidenses, quien se dedicó a registrar todo el ambiente previo a la pelea, el comportamiento del público y, sobre todo, a escudriñar en la mente y la preparación de los dos contendores y su entorno.
De igual manera siguió cada uno de los episodios de aquel combate y luego revisaría todo lo ocurrido con ambos púgiles al concluir la refriega. Todo ello fue reflejado en el libro “El combate”, una pieza periodística magistral que debería ser estudiada por las nuevas generaciones de esta apasionante profesión.
Igualmente, la Foreman-Alí fue la base del filme “When we were kings” (“Cuando éramos reyes”), de 1986, dirigido por Leon Gast, que terminó ganando un Oscar en la categoría de Mejor Documental y fue motivo de inspiración de numerosas canciones.
Fue esta pelea otra de las piezas que contribuyó a nutrir la leyenda de Muhammad Alí, quien todavía tenía mucho por dar, antes de comenzar su declive.

