Muhammad Alí le dio al boxeo otras dimensiones (V)

Jimmy López Morillo

“Nunca más, Joe, nunca más. Esto es lo más cercano que he estado de la muerte”.

La frase, dicha por Muhammad Alí a su archirrival “Smokin” (“Humeante”) Joe Frazier, al concluir la que para muchos ha sido la mejor pelea en la historia del boxeo, tal vez pudiera dar una imagen de lo ocurrido el 1° de octubre de 1975 en el ensogado colocado en Manila, para la tercera y última batalla entre dos púgiles legendarios.

Aquella noche (10:45 de la mañana en Filipinas, cerca de las 11:45 pm en Venezuela), dos púgiles se enfrascaron en un combate sin ningún tipo de concesiones durante 14 trepidantes asaltos, en el cual el resultado solo se dio porque uno de ellos, Alí, tuvo apenas aliento para levantarse al sonido de la campana para salir al décimo quinto, literalmente empujado por su entrenador Angelo Dundee, y otro no pudo hacerlo.

Ya habían protagonizado un par de combates de antología, alimentando una rivalidad inolvidable, por lo que esa sería la última y definitiva, después de una victoria para Joe Frazier, el 8 de marzo de 1971 y la de emparejar para el hombre que había desafiado al propio imperio estadounidense negándose a ir a la guerra de Vietnam, Alí, el 28 de enero de 1974. Ambos se habían definido por decisión de los jueces.

Para la refriega en la capital filipina, los dos púgiles llegaban en condiciones diferentes: Frazier había sido liquidado en apenas dos asaltos por el aparentemente invencible George Foreman el 22 de enero de 1973 y al año siguiente, el 30 de octubre, Alí había destrozado al mismo Foreman en Zaire, en la pelea que se denominó “Rumble in the jungle” (“Estruendo en la jungla”), para reconquistar el título mundial de los pesados, que no había perdido en los ensogados, sino mediante el despojo de la Comisión Atlética de Nueva York en 1967, luego de su ya mencionada negativa para enrolarse entre quienes combatirían en territorio veitnamita.

Así llegó la que, para efectos publicitarios (y así quedó en los registros) se llamó “Thrilla in Manila” (Suspenso en Manila), con Alí (el gran atractivo mediático de entonces), teniendo garantizada una bolsa de 9 millones de dólares, mientras que el usualmente circunspecto Frazier recibiría 5 millones.

“El Más Grande” no dejó de insultar a “Smokin”, llamándolo hasta “gorila”, lo cual este nunca le perdonó, preparando el terreno para una furiosa confrontación que no bajó de intensidad en ningún momento, con permanentes intercambios de golpes en medio de un calor infernal, por encima de los cuarenta grados, además de la humedad.

 Las crónicas de la época apuntan que había cierto menosprecio por parte de Alí, quien pensaba que la pelea se definiría en los primeros asaltos, pero estos pasaban sin que Frazier mostrara signos de debilidad y, por el contrario, golpeaba con contundencia la humanidad de su archienemigo.

Angelo Dundee le gritaba desesperadamente a Alí: “¡Sal de los rincones, por favor!”, mientras este, en uno de los descansos, comentó en un murmullo: “Por Dios, este tipo pega duro”, lo que no había dicho de ningún rival anteriormente, por lo cual en su esquina aumentó la preocupación, pese a que en apariencia estaba adelante en las tarjetas de los jueces.

Para el round número 12, Alí golpeó severamente a Joe, sin poder noquearlo, como tampoco pudo hacerlo en el 13. Nada cambió en el 14. Sin embargo, sus feroces combinaciones habían cerrado casi totalmente los ojos de su adversario.

El sonido de la campana para el décimo quinto asalto de aquella inolvidable pelea tuvo un final imprevisto: desde ambas esquinas observaban con angustia a la del contendiente. Frazier tenía prácticamente los dos ojos cerrados y su entrenador, Eddie Futch, le dijo: “Joe, voy a parar esto”. “Smokin” le suplicó: “No me hagas esto, Eddie”. “Todo terminó. Nadie olvidará nunca lo que hiciste hoy”, le replicó el entrenador.

Al otro lado, Alí dijo: “No puedo más”, algo impensable en él, pidiéndole que le cortara los guantes porque no soportaba el terrible dolor en sus manos, de tanto golpear a su contrincante, pero Angelo Dundee le dio el último impulso, el que coronaría aquella épica batalla: “Por favor, ponte de pie, solo te pido eso”. “Frazier se retiró justo antes que yo, no creía que pudiera pelear más”, confesó posteriormente “El Más Grande”.

Cuando el hombre que en la década anterior había desafiado al imperio estadounidense a duras penas se levantó y casi a empujones intentó avanzar hacia el centro del ring, la reacción en la esquina contraria fue tirar la toalla. Poco después, Alí se derrumbó, casi no hubo celebración. Todo había terminado y él seguía siendo el campeón, pero en lo que definió luego al mismo Joe Frazier, su más enconado enemigo, como “lo más cercano que he estado de la muerte”.

Ferdie Pacheco, médico de Alí, diría posteriormente: “Mi chico estaba medio muerto y Frazier estaba más que medio muerto”.

Para la historia, es la mejor pelea de todos los tiempos. El año pasado se cumplió medio siglo y algunos tuvimos el privilegio de verla.

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