Jimmy López Morillo
Fue aquel 26 de octubre de 1970, al ver cómo Muhammad Alí masacraba a Jerry Quarry, cuando muy probablemente se consolidó nuestra pasión por el boxeo.
Habíamos tenido la oportunidad de ver algunas peleas que, de hecho, ya ni recordamos, pero aquella se quedó definitivamente grabada en nuestra mente y luego se iría alimentando con más combates de aquel mítico exponente de los pesos completos, además de los cuatro títulos mundiales conquistados por púgiles venezolanos en 1971.
Después tendríamos conocimiento de las circunstancias que rodearon la trayectoria previa de Alí, antes llamado Cassius Clay, campeón olímpico en Roma, pero de los semi-pesados, coronándose luego en el rentado rey mundial de los completos al derrotar a un temible campeón, Sonny Liston y liquidando sin atenuantes, luego de preguntarle mientras lo golpeaba decenas de veces “¿Cuál es mi nombre?”, al ex monarca Floyd Patterson.
De todo ese historial nos iríamos nutriendo en el camino, con nuestras lecturas y viendo las peleas de Alí, entre las cuales quedarían plasmadas de manera imborrable las tres sostenidas contra uno de sus archirrivales, Joe Frazier, el hombre del mejor gancho de izquierda en la historia de este deporte. La última de ellas, efectuada en Manilas, Filipinas, es considerada la mejor de todos los tiempos.
Golpe a golpe
Muhammad Alí, literalmente, golpe a golpe fue labrando la leyenda sobre la cual para muchos se sostiene y justifica su autodenominación como “El Más Grande”.
Golpe a golpe sobre los ensogados y fuera de ellos, con su verbo incontenible, su irreverencia y sus firmes posturas que lo llevaron a oponerse a la guerra en Vietnam y en consecuencia al gobierno de su país, Estados Unidos, en una larga batalla jurídica de la cual salió triunfante en 1970, para iniciar precisamente frente al ya mencionado Jerry Quarry uno de los regresos más espectaculares en la historia del boxeo.
Luego de triturar a Quarry en tres asaltos, Alí se midió al argentino Oscar “Ringo” Bonavena el 7 de diciembre en el emblemático Madison Square Garden de Nueva York, luego de obtener otra victoria judicial con la cual se autorizaba la realización del careo, pues las autoridades de dicha ciudad se negaban a permisarlo. Se disputó el título de la Federación Norteamericana de Boxeo y el ex campeón consiguió un triunfo por nocaut técnico, derribando al gaucho en tres ocasiones en el décimo quinto asalto y sin mostrar la agilidad y condiciones de antaño.
En alguna ocasión, años después, su entrenador de siempre, Ángelo Dundee, diría que nadie pudo jamás ver a Alí en sus mejores condiciones boxísticas, pues esas habían pasado durante los tres años en que estuvo suspendido.
“La Pelea del Siglo”
Si bien no mostraba las condiciones de anteriores tiempos, al menos en esos dos primeros combates de su retorno Alí seguía siendo el gran atractivo en el mundo pugilístico, a pesar de los tres años de inactividad, utilizados para ofrecer conferencias y, sobre todo, declarar mucho sobre todos los temas, incluyendo el racismo y la guerra del Vietnam.
“El bocazas de Lousville” se mantenía vigente ante la opinión pública, nadie olvidaba que aún permanecía invicto y, mientras tanto, iba labrándose una bien cimentada fama otro púgil de altos kilates, “Smoking (humeante) Joe” Frazier, silencioso pero efectivo pegador, quien había conquistado el cetro en 1970 ante Jimmy Ellis.
Ambos estaban invictos, eran antagónicos y se detestaban. Suficiente caldo de cultivo para ir “cocinando” un enfrentamiento entre los dos, pues las cuentas de quienes la impulsaban apuntaban a que sería la más jugosa en ganancias de la historia. Sería “La pelea del Siglo” y así comenzaron a promocionarla.
“Fue algo más que una pelea por el trasfondo político y sociológico… Diez soldados estadounidenses morían a diario en Vietnam. Al mes siguiente, unas 200.000 personas marcharon pacíficamente hacia el Congreso en Washington para protestar por una guerra que parecía inacabable. Y de vez en cuando estallaban disturbios raciales a lo largo y ancho de un país muy dividido”, contextualizó el momento la agencia The Associated Press.
Como Patterson y Ernie Terrel, Frazier insistió en llamarlo por su “nombre de esclavo”, Cassius Clay y éste ripostaba calificándolo también de “Tío Tom”, “ignorante”, traidor a su raza y “campeón de los blancos”. Ambos echaban leña al fuego de su venidera confrontación. Todo eso los enemistó de una manera agria, rayando en lo irreconciliable, casi hasta el final de sus días.
El combate fue fijado para el 8 de marzo de 1971 en el “templo del boxeo”, el Madison Square Garden, con una bolsa de 2,5 millones de dólares para cada púgil, monto que nunca antes había ganado un pugilista. 300 millones de personas lo vieron en todo el mundo bajo la modalidad del “pay per view” (“pago por ver”), la mayor cantidad ese momento.
45 millones de dólares fueron las ganancias arrojadas por el careo y en primera fila en el Madison estuvieron Diana Ross, Diane Keaton, Burt Lancaster, Frank Sinatra y los astronautas del Apollo 14, entre otros.
Nadie salió decepcionado: terminó siendo una batalla campal, con dos boxeadores entregados totalmente sobre el cuadrilátero, aunque era evidente que Alí no podía “volar como una mariposa y picar como una abeja”, como hasta un cuatrienio atrás lo hacía. La inactividad le pasaba factura, pero aun así pudo dominar los tres primeros asaltos, hasta que un trepidante gancho de izquierda lo hizo tambalear.
Las acciones se mantuvieron parejas hasta el décimo primer round, cuando otro potente gancho envió a la lona a Alí, definiendo el combate en el cual la decisión de los jueces fue unánime para Frazier, tras quince intensas vueltas. Tan brutal el choque, que ambos fueron directo al hospital.
Alí, como siempre, fue tajante al declarar:
“La próxima vez será distinto… Cuando alcanzas el éxito como yo lo hice, te embriagas con la fama. Crees que correr tres millas al día es suficiente. Eso es todo lo que entrené para esta pelea. No descansé lo suficiente, no entrené tan duro como solía hacerlo… La próxima vez correré más, y mis piernas estarán a punto. Será distinto”.
Frazier perdería el título, masacrado por George Foreman en dos asaltos en los cuales fue tumbado en seis ocasiones.
Sucesivamente, Alí derrotó a Jimmy Ellis, Buster Mathis, Jürgen Blin, Mac Forter, George Chuvalo, Jerry Quarry –esta vez “lo aguantó” hasta el séptimo round, porque en ese asalto había prometido que lo noquearía-, Alvin Lewis, Floyd Patterson, el invencible monarca semi-pesado Bob Foster –también en el séptimo.
Para entonces, prometía liquidar en determinado asalto a sus rivales, pero, como en el caso de Quarry y Bob Foster –se recostaba sobre las cuerdas, soportaba sus andanadas y soltaba sus certeras ráfagas mientras conversaba con los periodistas y público cercanos-, estos comenzaban a caerse desde temprano y él bajaba el ritmo, hasta llegar el episodio anunciado, lo cual llevó a especular que existían compromisos con los anunciantes de las cadenas televisivas encargadas de transmitir sus peleas. Ante Joe Bugner, vistió una bata que le había obsequiado el gran Elvis Presley.
El 31 de marzo de 1973, un incomodísimo Ken Norton le fracturó la mandíbula y le ganó decisión. El 10 de septiembre triunfó por decisión dividida en la revancha y más tarde venció por decisión unánime a Rudi Lubbers.
Todo eso, condujo a la esperada revancha frente a Frazier, que se produjo el 28 de enero de 1974, ya con este último como ex monarca, luego de su debacle ante Foreman.
Con sus condiciones recuperadas casi al máximo, Alí fue un boxeador muy distinto al de la primera confrontación y estuvo a punto de noquear a su duro oponente, a quien doblegó por decisión unánime en doce asaltos.
Todavía habría otro choque entre ambos, uno agonizante, el mejor combate de todos los tiempos, a decir de muchos.
La mejor de la historia
Frente a Foreman, en Zaire, Alí se convirtió en apenas el segundo en reconquistar el cetro de los pesados –episodio que relataremos en otra crónica- y entonces se planteó un tercer combate frente a “Smoking Joe”.
Ese se dio el 1 de octubre de 1975 y, como ocurrió con millones que lo presenciaron, para nosotros fue inolvidable. El escenario fue Manila, Filipinas, cuyo dictador Ferdinand Marcos quería mejorar su deteriorada imagen ante el mundo y encontró en ese careo un importante trampolín para hacerlo.
33 años tenía Alí y 31 Frazier. De nuevo, el primero atacó despiadadamente al segundo en los días previos, cumpliendo la doble misión de promocionar al mismo tiempo que de tratar de minar psicológicamente a su rival.
El nombre del combate fue “Thrilla in Manilla” o “Suspense en Manila”, como fruto precisamente del ingenio de Alí, quien incluso elaboró una rima con el mismo, llamando además “gorila” a Frazier, para ser todavía más hiriente.
Frazier, por decisión de su entrenador Eddie Futch, se recluyó en las montañas para su preparación.
La pelea se disputó a las 10 de la mañana, por la diferencia horaria con Estados Unidos, donde se vería en horario estelar.
Ali intentó sacar de sus casillas a su rival, provocándolo mientras lo atacaba constantemente, pero desde el cuarto Frazier comenzó a alcanzarlo con sus poderosos golpes. El campeón mundial no rehuyó el combate y, contrario a su estilo, aceptó la pelea en el cuerpo a cuerpo.
El combate se tornó entonces en una bestial confrontación en la que uno y otro se golpeaban sin piedad, intentando destruir al contrario con cada uno de sus mazazos, poniendo el alma en todo lo que lanzaban.
En el undécimo, los ojos de Frazier estaban totalmente hinchados, apenas podía ver y se movía con dificultad. En el décimo cuarto, Alí lo castigó con una ráfaga de golpes brutal, imposible de resistir por cualquier mortal, pero Frazier no cayó. Al sonar la campana, ambos marcharon hacia sus respectivas esquinas vacilantes, en plena agonía. No daban más y así se derrumbaron sobre sus banquillos.
Eddie Futch decidió que ya era suficiente para su pupilo, quien totalmente ciego, insistía: “¡Quiero salir! ¡Quiero salir, jefe!”. El entrenador, lo consoló: “Se terminó. Nadie olvidará lo que hiciste hoy”. Efectivamente. Al menos nosotros, jamás lo hemos olvidado.
“Frazier se retiró un segundo antes de que lo hiciera yo. No podía luchar más”, confesaría tiempo después Alí, quien nunca quiso ver la repetición del combate. “¿Para qué regresar al infierno?”, explicó esa decisión.
“Es lo más cercano a la muerte que he estado nunca”, había dicho a Ángelo Dundee en su esquina al término del noveno asalto.
Probablemente no estuvo lejos de la verdad. Aquel 1 de octubre de 1975, ambos protagonizaron un encuentro cercano con la muerte y dejaron para la historia un episodio memorable: el mejor combate de todos los tiempos.

