Jimmy López Morillo
Con seguridad, no ha existido ningún otro deportista en la historia que haya empleado un título mundial de manera más contundente para hacerle saber al planeta sus convicciones y crear audiencias cautivas, que llevaron a convertirle en un símbolo de las luchas políticas y sociales.
Llegó a oponerse al gobierno de su país, fue a prisión, protagonizó el denominado “Juicio del Siglo”, lo execraron del boxeo y regresó triunfante, recuperando la corona de los pesos pesados no solo en una, sino en dos ocasiones.
Y si bien es cierto sus andanadas verbales se dieron desde su primer combate en el profesional, fue al desafiar al entonces campeón mundial de los completos, Sonny Liston, cuando realmente comenzó a soltar, imparable, todas las andanadas dentro y fuera de los ensogados, derrumbando todos los paradigmas existentes, teniendo como punto de partida un deporte en apariencia salvaje.
Tras su debut como profesional el 29 de octubre ante el policía Tunney Hunsacker, el entonces Cassius Clay fue doblegando rivales hasta en 18 ocasiones más, mientras su verbo irreverente llamaba la atención y hacía balancear las opiniones entre quienes lo consideraban un fanfarrón, “el bocazas de Lousville” y aquellos que por encima de su condición de muchacho desbocado, atractivo para algunos periodistas y aficionados, percibían algo más que eso en sus innegables condiciones boxísticas.
Ya estaba bajo la tutela del entrenador Angelo Dundee, con quien formaría una pareja emblemática a lo largo de su vida, contactado por sus representantes desde el momento en que saltara al rentado, pero no estuvo en su equina en su primera presentación.
“No quiero meterme. He oído que se está preparando para su primera pelea. Está a medio cocinar. Ya hablaremos”, argumentó en aquella oportunidad.
Mucho tiempo después, expresaría:
“Jamás discutimos. Era el mejor boxeador con el que he trabajado. Ni fumaba ni bebía. Todo era fácil con él”.
A pesar de toda esa serie de triunfos, incluyendo uno ante el ex campeón mundial Archie Moore, con todo su récord de nockouts de por vida en sus alforjas, aunque ya sin las condiciones de antaño, y de Henry Cooper, el hombre que lo envió a la lona por primera ocasión, aquel joven realmente no era tomado en serio. Pronto tendrían que hacerlo.
“El oso feo”
Mientras él hilvanaba victorias y se ganaba detractores por sus bravuconadas, reinaba en los pesos pesados un ex presidiario que se inició en el boxeo en la cárcel y se había ganado fama de temible, aparentemente invencible: Sonny Liston, quien exhibía en su palmarés un par de careos en los cuales había masacrado en el primer asalto, literalmente, al ex campeón mundial Floyd Patterson, el primero en la historia en recuperar el título planetario de los pesados. Tiempo después, por cierto, lo emularía Muhammad Alí.
Liston era el terror, la pesadilla sobre un ring y por eso, cuando se planteó su defensa frente al irrespetuoso jovencito, pocos dudaron en anticipar otra masacre. Menos, precisamente, Clay, quien lo retaba descaradamente, acudía a sus entrenamientos, lo interpelaba y, sobre todo, lo insultaba. Pretendía sacarlo de quicio.
«Voy a cazar a ese oso grande, feo y tonto”, atizaba. «Es demasiado feo para ser campeón del mundo. El campeón debería ser guapo, como yo», repetía, incontrolable. Liston, callaba.
La pelea fue pactada para el 25 de febrero de 1964. El retador apenas un mes y ocho días antes había cumplido 22 años. Se avizoraba una pelea desigual. Un campeón enfurecido destrozando sin piedad al imberbe que le había faltado el respeto incansablemente. En el pesaje el día anterior, Clay comenzó a gritar como loco, a improvisar rimas y hasta los médicos se vieron obligados a examinarlo. Sus pulsaciones estaban exageradamente aceleradas. Casi se suspende el careo por su supuesta falta de cordura. Había, además, otro temor latente entre los promotores de la velada boxística que tendría lugar en Miami: la estrecha relación entre aquel joven impetuoso y el líder de la Nación del Islam, Malcom X, que proclamaba la superioridad de la raza negra y a quien Clay había conocido en 1953, cuando apenas tenía 11 años.
Sin embargo, finalmente el encuentro se dio y sobre aquel ensogado floridano, el mundo estupefacto vio como efectivamente Cassius Clay, en medio de todas sus arrogancias, cumplía con sus palabras. Desde el primer campanazo, el muchacho de Lousville comenzó a bailotear alrededor del temible Liston, conectándolo repetidamente con combinaciones encabezadas por su punzante jab. Volaba como una mariposa y picaba como una abeja, tal y como se lo había aconsejado en su primer combate Fred Stoner. El campeón lo perseguía, intentaba cazarlo con uno de sus devastadores mandarriazos, pero no atinaba.
En el tercer asalto, Clay le produjo un corte en el rostro que fue curado en la esquina por los asistentes del campeón con una sustancia prohibida. Éste, de alguna manera logró que parte de la misma cayera en los ojos de su oponente, cegándolo momentáneamente. Así lo hizo tambalear en el quinto.
Pero Clay tenía una cita con la historia y no fallaría. El juego sucio de su rival no bastó para liquidarlo. Pudo recuperarse y en el sexto se detuvo y comenzó a machacar a mansalva al defensor del cetro, quien al sonar la campana, sentado en el banquillo le dijo a sus segundos que no, no saldría para el séptimo. Como impulsado por un cohete, el retador fue el primero en darse cuenta de que en ese momento dejaba de serlo y pasaba a ser el nuevo campeón mundial. Levantó los brazos y comenzó a corretear por todo el ring.
En ese momento se iniciaba no solamente su reinado en los pesados, también tomaba el impulso necesario para hacer retumbar su verbo incontrolable alrededor del planeta. Una leyenda había nacido.
“¡Soy el más grande! ¡Soy el rey del mundo! ¡Soy el rey del mundo! (…) América, ve acostumbrándote a mí”, proclamó, incontrolable. Pocos pudieron imaginar que, de alguna manera, tenía razón.
Al día siguiente, el recién coronado monarca de los pesos pesados anunció que cambiaba de nombre. Ya no se llamaría nunca más Cassius Clay, pues ese era “nombre de esclavo” y pasó a ser conocido pública y legalmente como Muhammad Alí. Fue un paso determinante en su vida, su conversión al Islam.
Alí, era la nueva sensación del mundo boxístico y mucho más allá, porque ya bajo su nueva religión, comenzó a utilizar su desafiante verborrea para tocar otros temas más allá del boxeo. Su amigo, su mentor, Malcom X, con quien había tenido diferencias que los habían distanciado, fue asesinado el 21 de febrero de 1965.
Ese mismo año, en mayo, se dio la revancha entre Alí y Liston en Lewiston, Maine, con la presencia de solo 20 mil personas, la más baja para aquellos tiempos en un combate por el título mundial de los pesados. Ocurrió entonces lo impensable: el otrora temible púgil a quien nadie quería enfrentar, cayó a la lona antes de cumplirse dos minutos del primer asalto, con un golpe que aparentemente nadie vio.
Hubo acusaciones de trampa, de tongo, de pelea arreglada, aunque jamás pudo comprobarse nada irregular. Sin embargo, esas sospechas calaron profundo en el ex campeón, quien fue abandonado prácticamente por todos y luego de caer en la adicción a las drogas, se hundió en las oscuridades hasta fallecer en el más profundo de los olvidos el 30 de diciembre de 1970, cuando solo tenía 38 años.
Alí pudo superar ese escándalo. Siguió mostrando su calidad sobre los ensogados pero, sobre todo, comenzó a emplear la enorme influencia que iba adquiriendo para proclamar sus ideas en contra de la discriminación racial, enfrentándose al stablishment, a su propio gobierno, lo cual lo llevaría a ser despojado de su título, a ser encarcelado y a protagonizar uno de los juicios más sonados del siglo XX, entre otras cosas.
Pero sobre eso trataremos en la próxima crónica.

