Jimmy López Morillo
N. R: El 3 de junio de 2016, Muhammad Alí, no necesariamente el mejor boxeador de todos los tiempos (honor que probablemente discutiría con Sugar Ray Robinson), murió a los 74 años en Arizona, víctima del mal de Parkinson.
Fue, como Michael Jordan en el baloncesto o Babe Ruth en el béisbol, una figura que cambió la historia de su deporte, que le dio otras dimensiones.
He aquí algunas crónicas que escribimos hace algún tiempo sobre su extraordinaria vida dentro y fuera de los ensogados:
“Me gustaría ser recordado como un hombre que ganó el título mundial de los pesos pesados tres veces, que tenía buen humor y que trató a todo el mundo con igualdad. Como un hombre que nunca miró hacia abajo a aquellos que le miraban hacia arriba, que se mantuvo firme en sus creencias, que intentó unir a las personas a través de la fe y el amor. Y si eso es demasiado, entonces imagino que me conformaré con ser recordado sólo como un gran boxeador que se convirtió en un líder y un campeón para su gente. Y no me importaría incluso si se olvidara lo guapo que fui”.
Con esas palabras, expresadas en su autobiografía publicada en 2004, se definía Muhammad Alí, uno de los personajes más influyentes en las últimas cuatro décadas del siglo pasado y las primeras del actual, no solamente en lo deportivo, sino también en lo político y social.
Esa caracterización que de sí mismo hacía Alí en el mencionado libro, balanceándose entre la ironía de un verbo siempre afilado y sus profundas convicciones sobre el rol que jugaba en la sociedad, no se alejaban para nada de la realidad. Ahí se reflejaba, en una muy apretada síntesis, todo lo que él llegó a representar hasta el mismo momento de su fallecimiento, ocurrido en 2016.
Fue, a no dudarlo, un hombre que rompió paradigmas y le dio al boxeo nuevas dimensiones, por encima de aquellas en las cuales solo se le colocaba como un deporte salvaje, en el cual un par de sujetos sin ninguna capacidad intelectual, se montaban sobre un ring a caerse a golpes en busca de la fama y de salir de las miserias en las cuales usualmente habían crecido, mientras cientos, miles de personas –luego millones a través de las transmisiones radiales y televisivas-, enloquecidas, aullaban sedientos de sangre al tiempo que aquellos intentaban sacarse hasta el alma entre las doce cuerdas.
Alí, nacido como Cassius Marcelus Clay el 17 de enero de 1942, en Lousville, Kenctucky, Estados Unidos, ni siquiera venía de un hogar pobre, pues su familia era de clase media: su padre, un pintor de murales, retratos y representaciones religiosas… para los blancos.
Pero eso, en tiempos en los cuales la segregación racial era profunda, intensa en su nación, machacaba el alma del muchacho, quien pese a vivir en un hogar sin los apremios económicos habituales para los afrodescendientes, no se sentía cómodo por la diferencia en el trato hacia los seres humanos según la pigmentación de su piel.
Él lo padecía con frecuencia y le sembraba naturales escozores enfrentarse a realidades como la de la ocasión en la cual, según relataría años después su madre Odessa Clay,le negaron un vaso de agua porser negro, lo cual lo enardeció, obligándole a preguntarle a su progenitora las razones de tal injusticia.
Su dedicación al pugilismo no tuvo sus orígenes en la búsqueda de ingresos para sacar a su familia de una vida de carencias, solo fue algo casual: deseaba darle una paliza a quienes le habían robado su bicicleta y en medio de esa circunstancia, se topó con un hombre que, sin saberlo, le daría la entrada a un deporte en el cual haría historia de innumerables maneras.
Se trató de Joe E. Martin, un policía de su localidad, quien le aconsejó drenar sus ímpetus golpeando un saco de boxeo. Luego se convertiría en su entrenador y en uno de sus principales mentores.
Roma 1960
Las circunstancias, el entorno, el contexto histórico local, nacional y mundial, fueron moldeando a un atleta y un hombre que llevaría esos ímpetus mucho más allá del simple hecho –pero salvaje en opinión de los detractores de la actividad- de golpear sin piedad a sus rivales entre lonas ensogadas. Lo llevaron incluso a desafiar a su propio gobierno, el más poderoso del mundo, a ser encarcelado por defender sus convicciones sin importar las consecuencias, a convertirse en un símbolo de las luchas sociales para millones de personas en el mundo entero y, en ese trayecto, tuvo al boxeo como una herramienta que le dio la fama y fortuna necesarias para adquirir tales niveles de influencias.
Porque Cassius Marcelus Clay, cuyo nombre –por ser “de esclavo”, como diría luego- cambió por el de Muhammad Alí, también fue un extraordinario boxeador, disputándose con sus ídolos “Sugar” Ray Robinson y Joe Louis la distinción como el mejor de todos los tiempos en cualquier división; transformó radicalmente ese deporte, destrozando esquemas y llevándolo a convertirse en un muy productivo negocio.
Dentro y fuera del ring, su influencia se expandió por encima de todo lo jamás imaginado, en un recorrido vital que tuvo tal vez su primer punto de inflexión en los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960, cita en la que confluyeron tres atletas que harían historia: el etíope Abebe Bikila, quien se impuso en el Maratón y le dio a su patria y a su continente, África, la primera medalla de oro olímpica de su historia, trocándose en un héroe inesperado para millones de personas.
También estuvo Wilma Rudolph, integrante de una familia de 22 hermanos, sobreviviente de varias enfermedades en su niñez y comienzos de la adolescencia, incluyendo una poliomelitis que según los médicos le impedirían caminar con algo de normalidad, quien ganó tres doradas en el atletismo, imponiendo récord mundial en los 100 metros planos femeninos. Luego se transformó en una porta estandarte de las luchas contra la discriminación racial en el mundo entero.
…Y un desconocido llamado Cassius Marcelus Clay se apoderó de la medalla de oro en los semipesados del boxeo. Por supuesto, ni él mismo podía imaginarse –porque no estaba entre sus planes- el impacto que tendría en el mundo en los años venideros y hasta el propio momento del final de su tránsito terrenal.
A su regreso, tuvo un breve recibimiento como héroe en su Lousville natal, pero luego la realidad que le hacía crujir hasta los tuétanos desde niño comenzó a golpearle una y otra vez el rostro y el alma: la reluciente presea dorada olímpica que con tanto orgullo colgaba de su pecho, no valía absolutamente nada cuando intentaba ingresar a establecimientos comerciales, restaurantes y otros lugares públicos.
Seguía estrellándose contra los mismos carteles que, cuando niño, le hacían preguntarse por qué su padre laboraba para los blancos con algo de resignación: “Whites only” (“Solamente blancos”) y “No coloreds allowed” (“No permitidos los de color”). La indignación lo llevó a lanzar a un río su galardón olímpico y decidió convertirse en pugilista profesional.
El debut
Con la determinación que lo caracterizaría durante toda su vida, su primera pelea como tal se la buscó él mismo, contactando al promotor local Bill King, quien requirió el respaldo del alcalde, Bruce Hoblitzell y del distribuidor de vehículos, Wood Hannagh, para montarle su primer combate, consiguiendo al policía de Fayetteville, Tunney Hunsaker.
“Este hombre le demostrará a Clay que ya no se enfrenta a aficionados”, anunció el promotor, de acuerdo con una crónica publicada por David López Canales, el 4 de junio de 2016, a propósito del fallecimiento de Alí.
El joven dio entonces las primeras manifestaciones de otra de sus actitudes que también lo harían luego amado y odiado por multitudes, la de su incontenible verborrea:
“Me lo voy a cepillar a la primera. Ese hombre es un cero a la izquierda”, declaró en los días previos a su debut. “El bocazas de Lousville” había lanzado al aire su primera irreverencia verbal. En eso no pararía hasta que el mal de Parkinson, le demoliera el habla, décadas más tarde.
El 26 de octubre, tres días antes del careo, 11 empresarios de la ciudad, blancos -irónicamente-, anunciaron la creación del Louisville Sponsoring Group para representarlo. Con ellos firmó un contrato que le garantizaba 10.000 dólares iniciales, además de un sueldo de 4.000 más al año, el 15 por ciento de los beneficios y todos los gastos cubiertos. Con ese dinero ayudó a sus padres a reformar su casa, se compró un Cadillac rosa y apartó 3.000 dólares para el fisco. “No quiero tener los problemas de Joe Louis”, dijo entonces, refiriéndose a su ídolo, de acuerdo con la ya citada crónica.
En el combate, tuvo en su esquina a su entrenador como aficionado, Fred Stoner, dueño de un gimnasio en la ciudad al que iban los negros y quien le aconsejó: “Flota como una mariposa y pica como una abeja”, frase que luego en labios de Alí también retumbaría en el planeta.
El 29 de octubre de 1960, Cassius Marcelus Clay hizo su debut como profesional, ganando por decisión en seis asaltos a Tunney Hunsaker, quien diría luego: “Nunca había enfrentado a un hombre tan rápido”. Con el tiempo, se harían muy buenos amigos.
Comenzaba así una vertiginosa y resplandeciente carrera que, cuatro años más tarde, lo llevaría a conquistar por primera ocasión la corona mundial de los pesados frente a Sonny Liston, como parte de un recorrido que lo llevaría a consolidar su mito como “El Más Grande”.
De todo eso, continuaremos hablando en próximas crómicas…

