Edgar García
Era la tarde del miércoles 24 de junio de este año. Faltando pocos minutos para las cinco y media —específicamente a las 5:21 p. m.—, la cotidianidad de la parroquia La Vega se interrumpió de forma abrupta. En el templo parroquial del Santo Cristo, la comunidad se congregaba como de costumbre; ya se había rezado el Santo Rosario y el sacerdote, acompañado por los diáconos, iniciaba la liturgia de la misa diaria. Más de dos docenas de vecinos ocupaban los bancos, buscando un momento de paz espiritual, cuando la tierra comenzó a sacudirse con violencia.
Fueron 39 segundos de una intensidad sobrecogedora. En la percepción de los presentes, aquel breve lapso se dilató hasta parecer una eternidad. La estructura del templo crujió y, de inmediato, la desesperación se apoderó del recinto. El pánico inicial se intensificó al presenciar cómo las imágenes sagradas, símbolos de devoción arraigados en la identidad local, caían de sus nichos y altares. En el acceso más cercano al Colegio María Antonia Bolívar, la violencia del sismo provocó el desprendimiento de una sección de la platabanda, cuyos escombros impactaron la entrada.
A pesar del colapso material y del daño a una herencia iconográfica que evoca siglos de historia y tradición religiosa, la tragedia no cobró vidas humanas en el recinto. Para muchos feligreses, este desenlace constituye un auténtico milagro popular. Entre los habitantes del sector no tardó en difundirse la interpretación mística de que las imágenes sufrieron el impacto como un acto de sacrificio; emulando la arraigada creencia en torno al Nazareno de San Pablo, los devotos sostienen que las esculturas sagradas actuaron como un escudo espiritual, conteniendo la furia del terremoto para proteger a la feligresía allí reunida.
La misa toma la plaza: Resiliencia en el espacio público
Cualquier observador externo habría asumido que, ante el riesgo estructural y el impacto psicológico del evento, las actividades litúrgicas se suspenderían por tiempo indefinido. Sin embargo, la respuesta comunitaria demostró una realidad muy distinta. Lejos de ampararse en el temor o la inacción, la Iglesia y sus fieles demostraron una notable capacidad de resiliencia y adaptabilidad.
Al día siguiente, la fe se trasladó al espacio público. Los vecinos organizaron la logística necesaria, sacaron las sillas utilizables del templo dañado y convirtieron la plaza Bolívar de La Vega en un santuario a cielo abierto. Bajo la mirada de la estatua ecuestre del Libertador Simón Bolívar y resguardados por un toldo rojo improvisado para mitigar el clima, se reanudaron las celebraciones eucarísticas. Sin excusas ni dilaciones, la plaza mayor se transformó en el epicentro de la resistencia moral del sector, garantizando el acompañamiento espiritual de la comunidad hasta que las condiciones del templo principal permitan el retorno seguro.
El tránsito del dolor en el barrio El Carmen
El impacto del movimiento telúrico no se limitó al casco histórico de la plaza. Los reportes e historias de los vecinos confirman que la capilla del barrio El Carmen también sufrió severamente las embestidas del sismo. No obstante, en este sector de la barriada, la respuesta comunitaria adquirió un matiz profundamente solidario y de duelo compartido.
En los espacios de El Carmen se organizaron jornadas de oración colectiva y se conmemoraron varios rosarios en honor a los fallecidos. Este rezo tradicional, que recorre los veinte misterios de la vida de Jesucristo y de la Virgen María —divididos en gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos—, se convirtió en el vehículo formal para canalizar el luto popular por los amigos, familiares y vecinos que perdieron la vida a causa del siniestro.
En medio de ese escenario de dolor y recogimiento, destacó la figura de Lola (Dolores). Con su liderazgo natural y su presencia constante, se convirtió en una de las voces fundamentales del sector; a través de la oración dirigida y las palabras de aliento, Lola logró hacer que el peso de la muerte y la pérdida fuera más llevadero para los deudos, encarnando la solidaridad comunitaria que define a los habitantes de La Vega en sus momentos más críticos.

