Era el 11 de abril del año 2002 y me encontraba en las inmediaciones del palacio de Miraflores rodeado por cientos de miles de personas que acudieron al llamado de proteger la casa de gobierno, mientras una muchedumbre dirigida por los sectores extremistas de la oposición era alentada por sus dirigentes a asaltar el poder.
Ya el odio inoculado a cientos de miles era una realidad incontrovertible; apenas habían transcurrido dos años de aquellas elecciones del año 2000 en las que Hugo Chávez ratificó el caudal de votos de 1998 que lo catapultó en la historia como el presidente con la mayor votación del periodo democrático.
Medios, iglesia, partidos de la derecha y líderes visibles del extremismo lograron —si se puede llamar logro a eso— encausar el miedo a la izquierda “comeniños” para sacar a la calle a una multitud dispuesta a atacar a quienes no pensaran igual que ellos. No eran “colectivos”, ni círculos bolivarianos, tampoco “chusma bolivariana”, como le decían los periodistas “independientes”; en las marchas solo había “sociedad civil”, “gente de bien”, la “Venezuela decente”.
Al llegar a las inmediaciones de la avenida Baralt, un plan se activó al unísono: un lote de policías metropolitanos dispararon contra la concentración del chavismo, mientras en edificios que se encontraban dentro del perímetro de Miraflores se activaron unos “francotiradores espectaculares”, así descritos por un fotógrafo que los captó con su cámara.
Los expertos tiradores asesinaban a personas de la concentración chavista y de la marcha opositora que intentaba llegar al palacio de gobierno; fue muy evidente, querían generar la confrontación entre los dos polos.
Desde entonces, crímenes atroces han sido cometidos en medio de pretextos de carácter ideológico; un joven fue quemado vivo en la Plaza Altamira en 2017 por su color de piel y por ser señalado como chavista.
También en 2017 unos “jóvenes libertadores”, como los denominaron según campaña de sectores extremistas, pusieron guayas de poste a poste que degollaron a motorizados que nada tenían que ver con sus protestas.
El odio se expresó en asesinatos, Venezuela fue convertida en un gran laboratorio de guerra civil; debemos romper con ese ciclo, pero pocos están dispuestos a aceptar la maldad que han posicionado en sus cerebros.

