Aún no arranca y en EEUU el Mundial ya es un desastre

 Elshuy Castro

Deportólogos

A solo 48 horas de que ruede el balón, tengo una pregunta seria para Gianni Infantino: ¿El trofeo de la Copa del Mundo se va a entregar en la cancha del Estadio Azteca o directamente en una celda de aislamiento de una corte federal en Washington? Porque, a como van las cosas, este torneo tiene menos de «fiesta del fútbol» y mucho más de episodio de Black Mirror dirigido por el mismísimo Tío Sam.

La FIFA nos vendió la bellísima y ultra-romántica narrativa de «Unidos por el fútbol». Tres naciones hermanadas (Canadá, México y Estados Unidos) celebrando la diversidad del planeta. ¡Qué poético! ¡Qué hermoso! ¡Qué maldita mentira! El gigante del norte ha decidido que el Mundial es su nuevo patio de juegos geopolítico y el resultado es un absoluto, grotesco y bananero desastre organizativo.

Agárrense, porque el recuento de las últimas horas parece un manual de cómo arruinar el evento más pacífico del mundo en nombre de la paranoia estatal.

1. El enemigo público número uno usa espinilleras

Lo que la patrulla fronteriza le hizo a Aymen Hussein, el delantero estrella de Irak, es una auténtica salvajada. El tipo metió el gol histórico que regresó a su país a un Mundial tras 40 malditos años de ausencia. Llega a Chicago con toda la ilusión del mundo y ¿cuál es su premio de bienvenida? Retenido, aislado e interrogado durante siete horas en el aeropuerto O’Hare como si fuera un peligro transnacional.

Lo trataron como un criminal de guerra por el terrible delito de portar un pasaporte iraquí. Al fotógrafo oficial de la delegación, Talal Salah, directamente lo subieron al primer avión de regreso tras diez horas de acoso psicológico. Ah, pero si eres de Uzbekistán, prepárate, porque a su delegación la revisaron hasta las muelas.

¡Bienvenidos a la tierra de la libertad, muchachos!

2. El «Team Melli» y el surrealismo fronterizo

El caso de Irán ya no es una falta de respeto; es un chiste de mal gusto que raya en el racismo deportivo. Como el gobierno estadounidense les negó el campamento en Arizona por pura rabieta diplomática, la FIFA tuvo que pedirle el favor a México para que les diera asilo. ¿La brillante solución logística? La selección de Irán va a tener que dormir, comer y entrenar en Tijuana.

Sí, leyeron bien. Una selección clasificada al torneo más importante del planeta va a estar concentrada en la frontera, teniendo que cruzar la aduana de San Diego cada vez que se les ocurra ir a jugar sus partidos de fase de grupos en Los Ángeles y Seattle. El presidente de la federación iraní lo resumió con una puntería brutal:

 «¿En qué lugar del mundo el país anfitrión solo autoriza a una selección entrar la víspera de sus partidos?».

Es un boicot descarado. Están obligando a atletas de élite a vivir un calvario de filas migratorias mientras los locales descansan en hoteles de cinco estrellas. El fair play ha muerto y la FIFA está limpiando el piso con su cadáver.

3. Deportar al árbitro y abrazar el caos

Para coronar el pastel de la vergüenza, al colegiado somalí Omar Abdulkadir Artan —nombrado textualmente el mejor árbitro de toda África— lo escupieron de regreso en el aeropuerto de Miami. Al agente de migración en turno le importó un bledo el aval de la FIFA, las acreditaciones internacionales y los meses de preparación. Si tu pasaporte no le gusta al burócrata de la ventanilla, vas para atrás.

Pero aquí viene la ironía más sabrosa y enferma de todas: mientras el Servicio de Inmigración (ICE) militariza los estadios y persigue visas con lupa de aumento como si buscaran armas nucleares en los bolsillos de los utileros, las calles de Estados Unidos siguen sumidas en su dosis diaria de violencia armada y tiroteos en inmediaciones de sedes mundialistas (Uy, pero si las balaceras fueran en México esto ya sería un mega escándalo).

El verdadero peligro en ese país nunca ha sido un futbolista del Medio Oriente con un balón en los pies; el peligro es su propia realidad cotidiana. Pero claro, es mucho más fácil y mediático deportar a un árbitro somalí que resolver sus propios demonios internos.

Veredicto final: La FIFA quería un Mundial histórico y lo está logrando, pero por las razones más nefastas posibles. Si vas a organizar el torneo más inclusivo del planeta, tienes que abrir las fronteras, no poner un detector de metales geopolítico con tintes xenófobos en la entrada.

A este paso, el campeón del mundo no será el que mejor toque el balón, sino la selección que logre sobrevivir a la aduana sin terminar en un centro de detención. ¡Qué maldita vergüenza internacional!

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