Se considera el emperador del mundo, pero no lo quieren ni en su propio país, donde la mayoría de las encuestas dan una clara visión del mayoritario rechazo a la gestión que ha venido realizando desde hace casi dos años que se convirtió por segunda vez en el inquilino de la Casa Blanca.
Sus desastres en materia económica, unidos a su afán guerrerista que tiene metida a esa nación en un callejón sin salida en Irán, donde ha mordido el polvo desde que el 28 de febrero conjuntamente con sus aliados israelíes, tan genocidas como él, le declararon una guerra no provocada a la República Islámica, que sería “una excursión” de escasas semanas (y ya van para cuatro meses sin que haya podido lograr un acuerdo que ha proclamado en decenas de ocasiones que ya está listo, pero en la práctica no termina de firmarse).
Mientras tanto, el sector financiero mundial cruje, los precios del petróleo suben y bajan (de acuerdo con sus particulares intereses y los de sus socios, porque sabe manipular muy bien los mercados para los efectos) y las tarifas de la gasolina pegan duramente en los bolsillos de la mayoría de la población estadounidense.
Pero este mentiroso serial y compulsivo, con la megalomanía exacerbada en la misma medida en la que su senilidad avanza, tuvo este lunes una prueba irrefutable del repudio que sienten por él dentro de su propia nación.
El escenario no pudo ser peor para él, porque se trataba del llamado Templo del Baloncesto, el Madison Square Garden de la ciudad de Nueva York, una instalación sagrada no solo para este deporte, sino para innumerables eventos de todo tipo que allí se han celebrado.
Allí se apareció para el tercer juego de la Final de la NBA (National Basquetball Asociation), las Grandes Ligas de este deporte, con el equipo de la casa, los Knicks, hambriento de un título que no conquista desde 1973 y por primera vez en una instancia decisiva desde 1999, casualmente ante sus mismos rivales de ahora, los Spurs de San Antonio, que entonces los dejaron frustrados en sus apetencias campeoniles.
27 años después, ya con dos triunfos como visitantes en esa ciudad de Texas, el equipo de la casa regresó a su templo, con 13 victorias consecutivas, la segunda más larga en la historia de la postemporada, a la espera de poner la serie a punto de mate y casi darle fin a una espera de más de medio siglo.
En ese escenario, bajo ese contexto, se presentó él, Donald Trump, con su megalomanía desbordada, confiado en que las masas lo abrumarían en ovaciones. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario: mientras sonaba el Himno Nacional de ese país, que se supone todos deben respetar, los atronadores abucheos prácticamente opacaron todo lo demás.
Durante varios minutos, la inmensa mayoría de los miles de aficionados presentes en ese templo del baloncesto no hicieron otra cosa que abuchear a quien se considera el más poderoso del planeta, con posibilidades de decidir quién vive y quién muere en cualquier parte del mundo, si eso es necesario para satisfacer los intereses de su nación y, no faltaba más, continuar alimentando sus mil millonarias cuentas bancarias y la de sus socios, por supuesto.
Durante eternos minutos, para él, allí, en el Madison Square Garden, sufrió el repudio que en realidad es el de la gran mayoría de la población estadounidense y del mundo.
Sin embargo, hubo más: durante el juego las cámaras lo captaron dormido en el palco donde se suponía que estaba “viendo” el juego, al lado del propietario del equipo, algo que por lo demás le ocurre con bastante frecuencia a él, que suele referirse a su antecesor, Joe Biden, como “sleepy” (“dormilón”), vaya, vaya, vaya.
Ah, y por si fuera poco, los Kincks, el equipo de la casa, vieron cortada su racha de triunfos al hilo, porque los Spurs terminaron venciéndolos, asegurando al menos un retorno a San Antonio.

