José Raúl Domador Heredia
Sin pretender ser experto ni usurpar el trabajo que a otros compete, puedo afirmar -pues todos somos testigos de ello- que la sensación de miedo y desesperanza que se instala en la psiquis de todo ser humano, no es cosa de no tomar en serio.
El día 25 de junio y habiendo transcurrido poco más de 14 horas del terremoto, salí de mi apartamento a recorrer el edificio para ver si observaba en la estructura de mi comunidad, el Superbloque 2 de La Vega, algún indicio que me indicara que pudiera estar afectada de manera grave.
El recorrido me llevó varias horas, durante las cuales, fueron varios los vecinos que me invitaron a entrar en sus apartamentos, buscando quizá que mi opinión de acuerdo a lo observado, les diera algo de tranquilidad. A algunas vecinas que perdieron familiares o conocidos, nos tocó abrazarlas y llorar con ellas pues su dolor es el de todos nosotros ante un desastre de tal magnitud.
La inspección ocular que realizamos ese día, luego se ha visto reforzada por la opinión de las comisiones especializadas que nos han visitado, y hasta el momento de escribir esta nota aún están pendientes otras inspecciones por parte del Instituto Municipal de Gestión de Riesgo y Administración de Desastres (Imgrad), visitas estas que están siendo canalizadas por el compañero Riensy Moreno, trabajador-técnico de dicha institución.
Todo lo que hemos realizado desde nuestras organizaciones gubernamentales y sociales, ha atenuado el temor de las personas de la comunidad, no obstante, hay otras secuelas que entran en el ámbito de la psicología y serán los especialistas en esas áreas quienes nos darán las orientaciones y recomendaciones pertinentes para recobrar la paz y tranquilidad perdidas durante los impactantes sucesos del pasado 24 de junio.
Hay heridas que quedan en el alma
atravesando sin piedad nuestro pecho
quedando nuestro corazón deshecho
y luchando por recobrar la calma

