Walter Ortiz
Publicado en 4 F
No hay nada más adecuado, a la hora de valorar determinadas situaciones, que tener muy firmes los pies sobre la tierra, el corazón caliente y la cabeza fría; como una manera de evitar caer en fanatismos, visceralidades o, peor, agendas subalternas de pescadores de río revuelto que pretenden aparecer, ahora sí, como supremos «defensores de la soberanía», la independencia y la integridad nacional. Muchos de quienes hoy enarbolan banderas patrióticas con alegría y vehemencia conmovedora les pareció una especie de buena idea, o al menos hicieron clamoroso silencio, ante el paralelismo institucional que desde Washington se construyó el 23 de enero de 2019, y que nos pudo poner al borde de una guerra civil en Venezuela, nubes que, por cierto, estamos todavía tratando de disipar.
Esto de tener los pies en la tierra se llama racionalidad, la misma que en muchas oportunidades el líder de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez, tuvo para seguir avanzando y dar pasos hacia adelante, y también hacia atrás, como lo hizo en la famosa Cumbre de Río de 2008 para evitar una guerra con Colombia, o el mismo 4 de febrero de 1992 cuando renunció a toda posibilidad de continuar la batalla, con las consecuencias que eso habría tenido. También podríamos recordar abril de 2002, donde en medio de su regreso al Palacio de Miraflores mandó a la gente a sus casas y una vuelta progresiva a la calma, pudiendo hacer todo lo contrario, teniendo en cambio una actitud valiente incluso al presentarse ante los conspiradores que le derrocaban y finalmente lo detuvieron por varias horas, para enfrentar y derrotar posteriormente el golpe de Estado en el seno de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
Por ende, la racionalidad en política no es cobardía ni valentía, es inteligencia aplicada para afrontar problemas coyunturales y estructurales, siempre buscando preservar o exponer lo necesario, así como avanzar en los objetivos planteados; de acuerdo a cada situación.
Dicho lo anterior, al chavismo nadie le va enseñar a moverse políticamente en este punto de la historia, especialmente cuando transitamos un proceso político donde debemos preservar nuestra independencia nacional, cosa que solo interesa a la Nación venezolana. Esto quedó evidenciado para nosotros al ver que al presidente Nicolás Maduro internacionalmente lo dejaron, con muy pocas y honrosas excepciones, solo y a merced del desencadenante del 3 de enero de 2026, clamando el peligro que significaba aceptar de buena o silenciosa gana cualquier agresión hacia un país latinoamericano.
Incluso el jefe de Estado mandó en su momento sendas cartas al papa León XIV, al propio presidente de EEUU, Donald Trump y al secretario general de la OPEP, considerando los peligros, advirtiendo posibles consecuencias y además dando una ventana de oportunidad para el desarrollo de acciones que llevasen a desescalar cualquier aventura de guerra en nuestra región, peligros que en el mundo actual donde el derecho internacional pretende ser condenado a mero objeto de la historia, se mantienen latentes.
Casi ninguna instancia regional advirtió el peligro, por mezquindad o miedo, optando además la mayoría de gobiernos en la región por cuidar sus propios pellejos, cosa muy lógica en momentos de posible agresión, pero necesaria de traer a la memoria para evitar que desde muchas de esas naciones vengan injustificables cuestionamientos de quienes no movieron ni un dedo para evitar la escalada que desde agosto de 2025 hasta el 3 de enero de 2026 se desató en contra de la República Bolivariana de Venezuela, incluyendo un bloqueo naval y una zona de exclusión aérea que impedía que entrase o saliera nada por al menos cuarenta días.
Lo sucedido en enero derivó irremediablemente en la muerte de la Zona de Paz que la casi extinta Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños proclamó en 2014, siendo este un hecho político fáctico que no se puede ocultar con maromas discursivas de las que vemos ciertas veces desde Bogotá y Brasilia, incluso hablando ligeramente de Venezuela. En cambio, deberían prepararse para asumir las consecuencias de esta situación que entraña peligros para sus propias naciones, en vez de andar tan preocupados por nuestra suerte, siendo este contexto desafiante para todos con una aldea global marcada por la «ley de la selva» y no precisamente por las instituciones del derecho internacional establecidas durante la posguerra mundial, en 1945.
El 3 de enero de 2026 Venezuela entendió perfectamente todo este escenario y decidió mantenerse en la vía de la diplomacia para, como afirma la presidenta encargada Delcy Rodríguez, promover un escenario distinto en función de dirimir la contradicción histórica con el Gobierno de EEUU de forma pacífica, promoviendo relaciones de respeto y pasos de normalización que estábamos procurando tener desde hace muchísimos años atrás, incluso con el respaldo de las grandes potencias de la multipolaridad quienes en publico y en privado exhortaban a privilegiar la negociación y no precisamente la guerra.
Tomar la opción de la guerra, de la que por cierto alguna gente habla y escribe con demasiada ligereza, básicamente hubiera destruido todo contexto de paz en la región que, paradójicamente, debe agradecernos no haber tomado ese derrotero y debería respaldar que tal acción, decidida soberanamente por el Alto Mando Político de la Revolución Bolivariana, siga dando resultados positivos. De lo contrario la región tendría momentos mucho peores a los de su peor época contemporánea.
A lo interno de nuestra patria, el debate de altura y procesar cualquier reclamo o rechazo debe ser el sello político de estos tiempos, sobre todo con las bases de un Proyecto Histórico Bolivariano que se reivindica antimperialista, porque esa es la génesis, el ADN de esta Nación que apenas tiene 216 años, por mucho que le duela a los salivantes amantes de un falso «estado 51».
Pero hay que advertir que ese debate no puede aceptarse desde el ataque infundado y las falsedades con las cuales se cansaron de atacar a Hugo Chávez, a Nicolás Maduro Moros, y hoy se pretende atacar a Delcy Rodríguez, planteando falsos argumentos barnizados de academia y menos aún posturas totalmente irracionales presentadas como legítimas y representativas del sentimiento de más de treinta millones de venezolanos y venezolanas, cuyas principales preocupaciones están asociadas a lo económico de su vida cotidiana y a lo social, no a los asuntos del país político.
La racionalidad y la calma nos permitirán mantener la unidad y evitar la anarquía, en un momento tan desafiante como el actual.
Ya el tiempo y su inexorable tránsito pondrá las cosas en su lugar.

