El circo global: Goles, geopolítica y el fin de los dioses

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Lino Cerezo

Culminó la fase 1 de la primera ronda del mundial y la gran maquinaria no se detiene. Finalmente llegó el esperado torneo con 48 selecciones distribuidas en 12 grupos de 4 equipos cada uno. Todos saltan a la cancha a pelear —sin misiles, por supuesto— por el trofeo que alguna vez diseñó Abel Lafleur pensando estrictamente en el deporte, aunque la FIFA insista en evocar el viejo galardón de Jules Rimet.

Ojalá este evento no termine como el Nobel de la Paz, un reconocimiento que hoy parece más vinculado a la guerra que a la concordia. La Copa del Mundo, hecha de oro de 18 quilates y con un peso que ronda los 6 kilos, arrastra consigo una pesada bolsa de contradicciones globales.

Tras una larga jornada de clasificatorias que dejó fuera a potencias históricas como Italia, el torneo avanza marcado por la geopolítica. Rusia permanece sancionada por su conflicto con Ucrania; en contraste, Israel compite como uno más, desafiando el repudio y el abucheo que baja desde las tribunas. Mientras tanto, en los despachos institucionales, Gianni Infantino parece otorgar premios de consolación política al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Al mismo tiempo, delegaciones como la de Irán enfrentan maltratos en los aeropuertos, trabas con sus boletos y constantes amenazas de exclusión si no ceden en los conflictos bélicos de su región, sumado al veto de árbitros africanos por parte del gobierno norteamericano.

Incluso la nostalgia tiene un precio exorbitante. El negocio de Panini, que ha alimentado a generaciones por cuatro décadas, se ha convertido en un lujo inaccesible: en Venezuela, llenar el álbum de barajitas —que para colmo llega editado en inglés— ronda los 300 dólares, una inversión absurda que ni siquiera ofrece premios a repartir. Cada cuatro años asistimos a la fiesta deportiva más costosa del planeta en derechos de transmisión, un negocio que paraliza al mundo y supera en audiencia a las Olimpiadas, alcanzando proyecciones de miles de millones de espectadores según la FIFA.

El planeta se detiene, pero las guerras y las invasiones del imperialismo estadounidense y del sionismo israelí continúan su curso. Bajo una suerte de hipnosis colectiva, nos contagiamos como zombis y salimos a las calles sonrientes o frustrados según el resultado de algún equipo que decidimos adoptar, ya que nuestra Vinotinto volvió a fallar en el intento.

En Venezuela, el fútbol opera como el gran anestésico: el hambre se olvida temporalmente y hasta las guarimbas del pasado vivieron treguas gracias al balón. Ni siquiera las alarmas internacionales ante posibles alertas sanitarias logran desviar la atención, mientras algunos sectores temen que el Departamento de Estado use cualquier pretexto para eclipsar sus tensiones políticas frente a Irán. En territorio estadounidense, la jerga mundialista arropa a todos en una misma dinámica donde nadie duerme solo desde que el balón comenzó a rodar sobre su propio eje.

Por fin terminó la hibernación de la FIFA, ese letargo de cuatro años diseñado para hacernos creer que cada edición será completamente novedosa, alejándonos por un momento del ruido desgastado que generan el Real Madrid y el Barcelona en la Champions League. Este 2026, México, Estados Unidos y Canadá comparten la localía en medio de las tensiones históricas del «Destino Manifiesto», políticas de aranceles y la sombra de la CIA justificando intervenciones bajo la premisa del control de los carteles que oxigenan economías subterráneas.

 En la cancha, será un todos contra todos en fase de grupos donde avanzarán los líderes de siempre, los emergentes y los suertudos. Bien caro le costó en su momento a Diego Maradona denunciar las irregularidades de estos sorteos. Como aderezo del espectáculo pop, Shakira vuelve a alzarse como la figura principal de la apertura para el público americano y global.

A las puertas de los octavos, cuartos y semifinales, el escenario queda servido para las potencias que más dinero invierten en el balompié. Sin embargo, lo verdaderamente trascendental de este torneo es que la luz de los grandes ídolos, Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, se apagará definitivamente en este coliseo. Es el adiós a los gladiadores del deporte rey; una despedida que nadie quiere ver, pero los años pesan y la factura de la edad adulta no perdona. Ambas estrellas juegan hoy en ligas de menor nivel, disfrazadas de élite únicamente por el peso de sus contratos. Quedaron reducidos a ser el producto final de la industria del entretenimiento deportivo. Nadie se ha atrevido a decirles que su tiempo ya pasó y que correr detrás de una pelota es un asunto de jóvenes, tal como lo fueron ellos cuando eran dioses que bajaban a divertirse entre los mortales.

El Mundial no es simplemente el opio del pueblo; es competencia pura donde la destreza lucha cuerpo a cuerpo contra la fuerza física. Es una combinación perfecta entre el malabarismo de dominar el balón y la magia de esconderlo frente a millones de espectadores que pagan suscripciones o saturan la señal abierta. El mundial finalmente llegó, la televisión se enciende y los amigos pasan a ser los verdaderos protagonistas durante un mes entero. En esta mesa, la pasión y la crítica nunca van a faltar.


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