Edgar García
Aquella tarde del 24 de junio, la gente de La Vega vibraba con el repique de los tambores y el fervor popular de San Juan El Bautista cuando nos agarró el terremoto. No terminábamos de resguardar la imagen de San Juan Bautista tras su tradicional recorrido, cuando la tierra se sacudió con una violencia inusitada. Fueron 39 segundos de estupor que paralizaron el corazón de la comunidad. Sin embargo, el impacto emocional del sismo apenas comenzaba a procesarse cuando el rumor y las transmisiones de los medios empezaron a inundar las esquinas con reportes alarmantes: se hablaba de colapsos estructurales y severos daños arquitectónicos en sectores como San Bernardino, El Paraíso y el litoral central en La Guaira.
En esos primeros momentos de confusión, la incertidumbre era absoluta y nadie lograba precisar cuántas personas habían quedado atrapadas bajo los escombros o tapiadas por las estructuras colapsadas. Pero si algo imperó en medio del caos, fue la certeza de la acción solidaria. La organización popular, arraigada en la memoria histórica de nuestros sectores, no se quedó de brazos cruzados ni esperó por directrices institucionales o burocráticas; el tejido comunitario se activó de manera inmediata. Los mismos espacios públicos y locales que minutos antes servían de escenario para la festividad heredada de San Juan, se transformaron de forma espontánea en centros de acopio, logística y coordinación civil para la emergencia.
Los caballos de hierro al frente de la emergencia
Los primeros en romper la inercia y dar un paso al frente fueron los motorizados. Desafiando las recurrentes dificultades de desabastecimiento de combustible y sin buscar justificación alguna para la inacción, asumieron el rol de vanguardia en el despliegue de rescate. Con una celeridad asombrosa, equiparon sus vehículos con herramientas fundamentales como palas, picos y cuerdas. En esos robustos «caballos de hierro», comenzaron a movilizar importantes cargamentos de insumos básicos, destacando miles de cajas de agua mineral que la propia comunidad donaba en un despliegue de generosidad colectiva.
Entre el bullicio de los motores y el ajetreo de la contingencia, las interpretaciones populares no se hicieron esperar. Algunos devotos aseguraban con fervor: «San Juan nos salvó; gracias a quedarnos pagando las promesas al Santo, no bajamos este fin de semana a las playas de La Guaira», reconociendo allí una protección divina. Otros, desde una perspectiva más pragmática o consternada, buscaban explicaciones en la coincidencia de las fechas. Más allá de los debates teológicos o las creencias individuales, la realidad objetiva e innegable fue que la solidaridad intrínseca que define al pueblo venezolano se contagió con una rapidez exponencial, movilizando voluntades no solo dentro de la parroquia, sino a lo largo de toda el área metropolitana y el territorio nacional. El volumen de voluntarios y ayuda humanitaria fue de tal magnitud que, en pocas horas, las autoridades y los cuerpos de rescate debieron emitir llamados públicos solicitando que no se trasladaran más personas a las zonas afectadas sin una coordinación y canalización previa, a fin de evitar el colapso de las vías de acceso.
Geopolítica de la catástrofe y respuesta internacional
Poco después de la respuesta local, se activaron los mecanismos de cooperación internacional. Más de cincuenta naciones hermanas enviaron misiones de rescate, asistencia médica de emergencia y cargamentos de ayuda humanitaria real y tangible para apuntalar los esfuerzos nacionales. No obstante, en paralelo al despliegue humanitario, no tardaron en articularse matrices de opinión sesgadas en el escenario mediático internacional, intentando posicionar la narrativa del «Estado fallido». Estas posturas obviaron deliberadamente la complejidad del fenómeno físico, desconociendo de manera irresponsable que ninguna infraestructura urbana ni administración gubernamental en el planeta está plenamente blindada o preparada para absorber el impacto de un doblete sísmico de tal magnitud como el que acababa de ocurrir.
Un reconocimiento justo desde la trinchera popular
Desde la sala de redacción de La Vega Dice, queremos reivindicar y celebrar la grandeza de un pueblo que se agiganta y encuentra su mejor versión en los momentos de mayor adversidad. Mientras las crónicas oficiales suelen enfocarse en las grandes cifras, en nuestras calles todavía se observa el transitar incesante de cientos de motorizados que continúan apoyando en el traslado de insumos, medicinas y en la remoción de escombros de las zonas confinadas.
Esos mismos conductores que, en la cotidianidad urbana, suelen ser objeto de severas críticas, prejuicios y señalamientos por el caos vial, demostraron con creces ser el contingente más cohesionado, valiente y solidario a la hora de salvar vidas. Fueron los primeros en llegar a los puntos críticos cuando más se les necesitaba. A todos ellos, nuestro más profundo respeto, reconocimiento y gratitud. ¡Gracias, amigos motorizados!

