Marlon Zambrano
Publicado en Últimas Noticias
El doble terremoto que sacudió a Venezuela el pasado 24 de junio de 2026 se ha consolidado como la catástrofe natural más grave en el país desde el histórico sismo de 1812. Hay quienes estiman que realmente es la peor de nuestra historia. Sin embargo, el fenómeno ha desenterrado una crisis paralela y de naturaleza distinta: el choque frontal entre el periodismo serio, comprometido con la veracidad y la ética, y una legión de creadores de contenido e influencers volcados a la banalización del dolor humano en una búsqueda desesperada de posicionamiento digital y rédito político.
Frente a las ruinas, la urgencia de información fidedigna ha provocado un fenómeno de retorno masivo por parte de los ciudadanos hacia los medios de comunicación formales, periódicos y portales reconocidos, buscando un refugio de credibilidad ante la marea de desinformación de las plataformas digitales.
La tragedia ostenta una condición inédita en la historia contemporánea de la región: nunca antes un desastre natural había sido tan documentado, fotografiado y registrado en tiempo real. Venezuela experimenta un superávit de dispositivos móviles y una densa red de cámaras de seguridad públicas y privadas que capturaron, desde diversos ángulos, los momentos exactos de ambos sismos.
Esta circunstancia sobrevenida, que en teoría representaba una ventaja para el registro histórico y la coordinación de emergencias, se convirtió en el insumo perfecto para la “infocracia”. La abundancia de imágenes propició que la tragedia fuera abordada como un espectáculo de entretenimiento masivo, donde el rigor informativo fue desplazado por la inmediatez técnica y el morbo visual.
La invasión de los idiotas
El ecosistema digital desnudó conductas que los profesionales de la comunicación catalogan de deplorables. Casos como el de la creadora de contenidos venezolana radicada en República Dominicana, Paola Faría, quien utilizó un centro de acopio de ayuda humanitaria como set fotográfico para posar sonriente, evidencian cómo el sufrimiento se instrumentaliza para captar interacción.
A una extensa lista se sumaron irrupciones temerarias como la de Gianpiero Fusco, apodado El Tigre, quien se presentó descalzo y semidesnudo en estructuras colapsadas, entorpeciendo las labores de los rescatistas profesionales y emitiendo juicios despectivos sobre la condición física de los afectados, como su atroz: “Ahora imagínate al obeso que lo agarró en el piso 14 el terremoto, porque la salud no es solamente física; la salud es para poder sobrevivir de una manera óptima”, comentario que le acarreó una ola de críticas al punto de verse obligado a pedir disculpas y suprimir sus palabras.
Asimismo, la coyuntura sirvió de plataforma para una brutal campaña de desestabilización política. El creador digital Gabriel Méndez cuestionó sistemáticamente la gestión estatal y la infraestructura de la Misión Vivienda, adjudicándose pretensiones de sismólogo, geólogo e ingeniero, llegando a desconocer las cifras oficiales de fallecidos y responsabilizando al gobierno de la catástrofe natural por su “completa falta de compasión por las víctimas”. Con un trozo de anime en una mano, se exhibió en locaciones de La Guaira afirmando que ese era el material utilizado por el Gobierno para construir viviendas.
Este metabolismo perverso solo confirma la tesis del filólogo y escritor italiano Umberto Eco: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”, declaró para La Stampa en junio de 2015, un año antes de su muerte.
La trinchera del rigor
Para los profesionales de la comunicación, la proliferación de contenidos falsos (fakes) y la manipulación han tenido consecuencias directas en la salud pública y el tejido social.
Clodovaldo Hernández, periodista de dilatada trayectoria, Premio Nacional de Periodismo y moderador en el canal digital La Iguana TV, califica estas conductas de “carroñeras” y alerta sobre el impacto de las narrativas perversas instaladas durante las primeras horas de la emergencia.
“Fueron matrices de opinión muy perniciosas, criminales, porque en alguna medida contribuyeron a que se retrasaran las actividades de rescate y a que la gente tuviera mucha más angustia y miedo”, afirma Hernández, quien aboga por una profunda educación digital que enseñe a los usuarios a cortar la cadena de viralización de contenidos manipulados. “Cuando uno recibe un contenido de esos y se da cuenta de que es producto de una manipulación que está procurando generar angustia y desasosiego, hay que desconectarse y, por supuesto, no comentarlo, no reenviarlo, no hacer nada que contribuya a darle mayor fuerza”, subraya.
Por su parte, Rafael Rodríguez Olmos, articulista y ganador del Premio Latinoamericano de Periodismo “José Martí”, no tiene dudas de que las redes sociales son las dueñas de la conciencia del ciudadano. “Aquí todo se acabó, nadie puede creer o decir que no está en las redes sociales porque, sencillamente, no existe.”
Aunque reconoce la aparente invencibilidad de las redes debido a su inmediatez global, plantea un desafío estructural: “Es posible armar una estructura periodística para golpear las redes sociales; un equipo que se encargue de desmontar mentiras y, al mismo tiempo, diga verdades e impulse campañas constructivas y educativas”.
No deja de enfatizar: “…sigo creyendo que las redes son el monstruo político y cultural del siglo 21, que además hace muchísimo daño.”
El retorno a las fuentes confiables
La crisis de contenidos ha terminado por revalorizar las escuelas tradicionales de periodismo, donde el contraste de datos, el respeto a las víctimas y la responsabilidad editorial constituyen la norma básica. Heidy Gómez Ávila, reportera del canal de noticias Globovisión, con cobertura directa en las zonas afectadas de Miranda, La Guaira y Carabobo, enfatiza la diferencia sustancial entre la cobertura con base en protocolos y la ligereza del entorno digital.
Gómez advierte sobre el daño psicológico severo que causan las informaciones no confirmadas, detallando casos donde se anunció falsamente el hallazgo de personas con vida que luego resultaron fallecidas. “Es importante la veracidad de los datos, hacerse responsable de lo que se dice y ser respetuoso. No es pararse en un lugar solo para tomar fotos o videos; hay que pensar en si realmente se está aportando información útil para quienes atraviesan el dolor”.
Con la misma preocupación que han expresado muchos colegas del gremio periodístico (y un público cada vez más grande e indignado), la reportera invita “a todos los comunicadores, locutores e influencers a tener responsabilidad, respeto y ser cuidadosos”.
La pelea por el trending
Pero no solo se trata de los profesionales de la comunicación preocupados por las desviaciones del enfoque de los contenidos en las redes sociales, sobre todo a partir de la novísima modalidad del llamado “turismo de tragedia” como lo calificó el periodista Ramón Camacho, uno de los primeros en denunciar el uso superficial del testimonios de las víctimas en La Guaira. En un reel de su cuenta de Instagram, puntualizó: “familiares de víctimas del terremoto denuncian que quienes se acercan hacen ‘turismo de tragedia’ o realmente no quieren hacer nada” y colgó el video de una damnificada que resumía: “vienen, se toman selfie y se van”.
Desde las trincheras del mundo del espectáculo hubo quejas instantáneas. La presentadora de televisión Mariela Celis, al advertir que entre las víctimas se encontraban algunos de sus familiares, deploró lo que llamó “turismo de desastre”. “Ustedes no son la noticia”, expresó tajantemente al referirse a los promotores de información en redes.
Por su parte, de los labios del rapero devenido en salsero, Neutro Shorty, brotó una larga lista de insultos para quienes estaban usando de alfombra roja los escombros de La Guaira. Concluyó advirtiendo que este no era el momento de monetizar ni de competir para ver quién es más trending en la desmedida carrera por la caza de “likes”.
Ante el panorama dibujado por semejante bombardeo de ligerezas, el consumidor de información venezolano parece estar trazando una línea definitiva: en medio del dolor por la pérdida de vida y hogares, los “productos” de influencers y creadores de contenido deben ceder espacio a la necesidad de un periodismo riguroso, ético y de servicio público.
El marketing social
El debate sobre los límites de la comunicación en tiempos de crisis también ha puesto bajo la lupa el llamado “marketing social”.
Mientras defensores del entorno digital, como la especialista venezolana y conferencista Marjori Haddad, sostienen que la figura de los influencers es un mal necesario para visibilizar la catástrofe y movilizar la ayuda internacional, la realidad en el terreno demuestra que la frontera entre la solidaridad legítima y la explotación comercial es sumamente delgada.
La urgencia de generar contenidos constantes en plataformas como TikTok o Instagram empuja a estos creadores a priorizar el impacto visual sobre el respeto humano, transformando los centros de acopio y las zonas de desastre en escenarios de autopromoción mercantilista donde el dolor ajeno se convierte en la mercancía de cambio para sostener contratos publicitarios y métricas de enganche (engagement). Más allá de la necesidad de ayudar, legítima en la mayoría de los casos, la puesta en escena disfrazada de empatía dejó ver sus costuras.
La alfabetización digital como desafío
Frente a este panorama, la crisis del 24 de junio marca un punto de inflexión que obliga a la sociedad venezolana a plantearse una profunda alfabetización digital. La velocidad con la que se propagan los rumores e informaciones falsas en medio de una emergencia sismológica no solo sabotea los esfuerzos logísticos del Estado y las organizaciones multilaterales, sino que mina la salud mental de una población en estado de vulnerabilidad.
Romper la cadena de desinformación -dejando de compartir, comentar o viralizar las narrativas construidas desde la superficie- se perfila hoy como un deber ciudadano tan crucial como el apoyo material en la contingencia, consolidando la necesidad de blindar el espacio comunicacional a través del filtro riguroso de los portales formales y el ejercicio ético de la profesión informativa.
A la par de los daños estructurales, la sobreexposición a narrativas distorsionadas ha desatado una crisis de salud mental (como el “síndrome del sismo fantasma”) que los especialistas ya catalogan como el impacto invisible de los temblores.
La difusión descontrolada de imágenes explícitas, alarmas sismológicas falsas y pronósticos pseudocientíficos sobre supuestas réplicas inminentes -difundidos sin ningún rigor técnico- ha “cronificado” el estado de shock en las comunidades más vulnerables de la población. Esta saturación de estímulos negativos y falsedades no solo infunde pánico colectivo, sino que desmoviliza a la ciudadanía frente a las instrucciones reales de los cuerpos de seguridad, demostrando que la irresponsabilidad digital en contextos de emergencia es claramente un factor de riesgo, que atenta directamente contra la seguridad ciudadana y la salud del pueblo venezolano.

