Marlon Zambrano
Hay un hilo invisible que une a la Caracas de 1567 con la que hoy cruza el asfalto bajo el vapor de la tarde. Diego de Losada tomó esta tierra a fuego y sangre, abriendo una herida fundacional entre el sometimiento y la rebelión que parece no haber cicatrizado jamás.
Casi medio milenio después, la urbe sigue atrapada en esa misma disputa: por un lado, quienes insisten en arrasarla desde la vorágine de la violencia; por el otro, quienes la defienden devolviéndole la vida a sus esquinas devastadas.
Caracas es, ante todo, una cuestión de fe. Quien camina la avenida Urdaneta y se detiene frente a la fachada gótica de Santa Capilla comprende que el tiempo se acumula a retazos. En ese mismo solar donde se dijo la primera misa colonial, hoy retumban los pitidos de los mototaxistas y ondean banderas en las plazas. La capital no es un paisaje estático, es un organismo vivo que ha aprendido a mutar del antiguo Santiago de León a esta entidad mestiza, caótica y ferozmente humana.
Nos han vendido hasta el cansancio la idea de «Caracas la fea», un dogma repetido para justificar el despojo urbanístico y la especulación. Nos dijeron que la modernidad consistía en rasgar el casco histórico para alzar rascacielos que desprendieron al ciudadano del patio y del balcón. Sin embargo, cuando se camina la plaza Diego Ibarra o se observan las torres del Centro Simón Bolívar al caer la noche, se entiende que la verdadera belleza caraqueña no radica en la pulcritud de sus fachadas, sino en el espesor de su memoria.
El historiador Alexander Torres Iriarte nos advierte contra el peligro de los «no lugares», esa tendencia globalizada que pretende convertir a las ciudades en meros mercados para el consumo y el anonimato. Caracas se resiste a ese destino mercantilista. A pesar del ruido, el desorden y las grietas en el cemento, este sigue siendo el territorio del primer amor, de las partidas de ajedrez en la calle y del reencuentro popular. Pretender despojarla de su pasado es condenar a sus habitantes al desarraigo.
Esa irreductible identidad caraqueña también se nutre de una vieja y sabrosa irreverencia. Ya lo sufrió el obispo Diez Madroñero en el siglo XVIII, cuando intentó someter los excesos del carnaval a un formato beatífico y devoto, solo para que, tras su muerte, la fiesta y la bacanal se desbordaran con mayor ímpetu. La urbe siempre ha rechazado los corsés morales e institucionales. Su naturaleza es convulsa, sensual y profundamente transgresora, desde las dinámicas comerciales de El Centro hasta el desfile altivo de sus mujeres de Sabana Grande.
Hoy, sin embargo, el reto es otro, infinitamente más plano y cotidiano. En medio de las dificultades impuestas por las sanciones económicas, el caraqueño se ha visto obligado a convertirse en un matemático de la supervivencia. La tradicional emotividad romántica ha cedido terreno a una lógica pragmática y chancera, donde cada paso requiere calcular pros y contras. Se ha desarrollado una astucia de esquina, una maestría fastuosa y efectiva para resolver el día a día sin perder la sonrisa en el intento.
La ciudad se ha partido en dos narrativas encontradas. Por una parte, están los que eligen el éxodo, zurciendo un adiós prolongado entre sellos de apostilla, pasajes de autobús y la última foto nostálgica frente a la Esfera de Soto. Pero del otro lado se erige la masa silenciosa y obstinada de los que se quedan a resistir.
No lo hacen necesariamente desde la proclama grandilocuente, sino desde los gestos mínimos y subversivos de la alegría: la abuela que saca su silla a la acera en La Pastora para ver pasar la tarde, el grupo de amigos que abarrota la fachada de una licorería o el transeúnte que se desvía para comprar un marroncito en la panadería del “portu”. Mantener la costumbre de estar vivos es, en sí mismo, un acto de soberanía.
Decía Adriano González León con lucidez impecable que esta “es nuestra ciudad. Loca, arbitraria, llena de ruidos, injusta a veces, agresiva, injuriosa, desabrida y horrenda. Pero es nuestra ciudad. Sea cual fuere la dimensión de la catástrofe, no podemos abandonarla. Si nos vamos, el cataclismo será mayor”. Caracas no se puede entender solo desde el intelecto; requiere un afecto visceral. Es el sitio donde nacieron Bolívar, Bello y Rodríguez, pero también el lugar donde miles de ciudadanos anónimos inventan el país todas las mañanas desde el estómago y el corazón.
Celebrar a Caracas en su aniversario no consiste en maquillar sus contradicciones ni en ignorar sus heridas. Consiste en asumir la ecuación indisoluble de amarla y padecerla a la vez. Entre la sombra protectora del Waraira Repano y las riberas del Guaire, esta ciudad sigue en pie, dura, rebelde y hermosa, recordándonos a todos que, pese a los incendios del pasado y los desmanes del presente, no se rinde jamás.

