César Asuaje
Hay una ironía amarga en la manera en que se distribuyen las prioridades urbanas en Caracas. Mientras en la vecina parroquia El Paraíso la plaza Washington se remodela en tiempo récord, con recursos que fluyen a una velocidad asombrosa y no se sabe de dónde, en La Vega —Crisol histórico de las luchas populares— el abandono y la negligencia son sencillamente garrafales.
El deterioro de nuestra plaza Bolívar no es reciente, pero ha alcanzado niveles insólitos. Hace tiempo le arrancaron el mármol a la base del monolito. Por si fuera poco, recientemente se llevaron la espada del Libertador.
Ante este despojo, los entes responsables de velar por el patrimonio público responden con un silencio cómplice. Hace meses la comunidad solicitó los insumos necesarios para restaurarla y ponerla a la altura de otras plazas de la ciudad, pero la respuesta institucional fue el habitual «saludo a la bandera».
Esta situación genera una profunda indignación. No se trata solo de un descuido material, sino de una falta de respeto abierta a los vecinos de La Vega y al valor simbólico que representan las plazas Bolívar en todo el país.
Resulta insólito ver cómo la eficiencia gubernamental aparece de la noche a la mañana para embellecer un espacio dedicado a una figura extranjera, mientras el patrimonio histórico local se cae a pedazos.
La memoria comunitaria y el respeto por nuestros espacios públicos no pueden seguir subordinados al descuido oficial. La Vega merece la misma atención, los mismos recursos y el mismo respeto que se le otorgan a otras parroquias.

