Llorando se puede

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Carola Chávez

Ya pasó un mes que parece un año, que parece ayer. La confusión que genera la angustia, el dolor, la profundidad de la herida más honda que tiene que sanar, porque estamos vivos tiene que sanar.

El instante, el azar milimétrico que define la vida o la muerte. La duda, el por qué yo, por qué a ellos, la culpa que no es de nadie pero es mía. El luto. Las lágrimas que brotan de repente. La sorpresa de sonreír de nuevo. La vida.

Quiero reivindicar hoy el derecho a la tristeza, yo que soy y sigo siendo defensora acérrima de la alegría. No hay contradicción. Una cosa no quita a la otra, creo que al final se trata del derecho a sentir, a sabernos frágiles para poder cuidarnos. Esa conciencia de fragilidad que nada tiene que ver con debilidad, sino con fortaleza.

El llanto siempre reprimido. Desde pequeños aprendemos que nadie quiere verte llorar. «Ya pasó, no fue nada. Tú eres fuerte.» No pasó, me duele mucho y sumado a esto la duda sobre mi propia fortaleza y la vergüenza del llanto, luego negado, guardado, enquistado.

En estos días vi cómo algunos rescatistas profesionales (gente que se ha fogueado con los horrores de las tragedias más horrendas) rompían en llanto en medio de los escombros. Era en todos los casos un llanto profundo, sonoro, sin contención, como si saliera desde más allá de mismo cuerpo. Un llanto del alma.

También vi brotar la alegría y la risa de esos mismos que por momentos parecían haberse roto de tristeza y que aún con los ojos húmedos regresaban a los amasijos de hierro y concreto a buscar la luz de la vida y a encontrarla.

Lloramos todos tanto, tan desconsoladamente. Nos desbordó la alegría de cada milagro de vida. No hubo sentimiento que no nos atravesara el alma: tristeza, impotencia, cansancio, rabia; así como no faltó el abrazo que sostiene, las manos tendidas, el corazón en la mano y con ellos la certeza de estar juntos, de que eso que nos conmueve nos conmueve a todos, que tu dolor es el mío, y tu alegría también. La certeza de que no hay odio que pueda con este entramado de amor, generosidad y ternura del que estamos hechos. La certeza de que juntos podemos superar este dolor insoportable, porque vamos a superarlo. Basta ver nuestras cicatrices para saberlo.


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