Pedro Galindo
El sportswashing o lavado deportivo es la práctica de utilizar el deporte y sus eventos de alto perfil para mejorar una reputación dañada, limpiar una imagen pública o desviar la atención de problemas éticos, políticos y abusos de los derechos humanos. También se emplea como una demostración de poder puro a través de la organización de eventos, la compra y patrocinio de equipos, o la participación activa en el deporte mismo.
La Copa Mundial FIFA 2026 ha sido el escenario ideal (y planificado) para tratar de lavarle la imagen a Donald Trump acusado, enjuiciado y condenado por múltiples delitos que van desde abuso sexual y difamación, casos federales y estatales, manejo de documentos clasificados y un largo etcétera (1) de actos de lesa humanidad y financiamiento de genocidios a distintos pueblos en todo el planeta que se interpongan en sus planes de “hacer America grande de nuevo”.
Nosotros les agregamos, que bombardear a un país con el que no tienes conflicto bélico, asesinar a más de un centenar de sus habitantes, secuestrar a su presidente, encerrarlo y mantenerlo aislado sin ningún juicio legal en tus cárceles, robarle al pueblo venezolano su principal fuente de divisas y bloquearle financieramente para estrangular su economía; es una dolorosa fracción del amplio prontuario de atropellos contra los principios fundamentales del derecho internacional y humanitario que viene ejecutando Donald Trump.
“El Mundial de este verano será una mina de oro para el lavado de imagen a través del deporte”, reseñaba el diario británico The Guardian a comienzos de año, advirtiendo que “la administración Trump está utilizando el deporte como herramienta política para encubrir abusos” … Y se quedaron cortos. Trump, atrapado en su megalomanía, se une a los autócratas y dictadores más despreciables del siglo XX al adoptar el sportswashing para intentar limpiar su imagen pública, maquillar su fallida gestión y —quizás lo más importante para su personalidad narcisista— mostrarse como el hombre más poderoso del planeta, tal como ellos lo hicieron en su momento. Para lograrlo, asumió en la práctica y de forma descarada el control de la FIFA a través de su fiel adulador Gianni Infantino, presidente del organismo, quien puso la institución a su entera disposición desde el primer día de su designación. A partir de ahí, el mandatario ha manejado a su antojo todos los aspectos de la competencia: desde decidir de manera discriminatoria a quién se le otorga la visa de ingreso, hasta anularle una tarjeta roja a un jugador de la selección de Estados Unidos.
Es así como la Copa FIFA 2026 quedará registrada, mas allá de su relevancia deportiva y financiera, como el escenario fastuoso que tuvo el deshonroso privilegio de servir de pedestal a Donald Trump y ponerse a la altura de Benito Musolini – Italia 1934 y Francia 1938; , Adolfo Hitler – Francia 1938; General Emílio Garrastazu Médici (presidente de Brasil) – México 1970; General Augusto Pinochet – Clasificatorias a Alemania 1974; Jorge Rafael Videla y la Junta Militar – Argentina 1978; El Jeque Fahd Al-Ahmad Al-Sabah – España 1982.
La historia no los absolvió.

